jueves, junio 03, 2004
La idea de la calvicie me mantuvo preocupado durante muchos años. Probé de todo: jitomate, sávila, cacahuananche; una vez, incluso, me masturbé en un molcajete. Mezclé el semén con un poco de azúcar y lo distribuí diligentemente en las zonas afectadas. Nada funcionó. Ahora, quizás más sapiente, he decidido la resignación como forma de vida: mis tres pelos caen por la frente como tridente magnífico. Las mujeres dicen que parezco un diablo sensual y les depierto sus instintos más bajos. Lo sé. Nunca les digo, sin embargo, que es por mi olor a mecos en el cráneo.