jueves, enero 22, 2004
Desde que mi mujer me dejó, volví a ir al cine. Hace algunos años solía asistir regularmente a las funciones nocturnas del cine París: quedaba cerca de mi casa en la San Rafael y me iba caminando. Cuando empecé a vivir con Julia, hace una década, no volví a ir porque nos cambiamos al sur de la ciudad (fuera de CU, el sur es un desierto. Tlalpan y San Ángel me gustan pero siguen siendo pueblos). Ayer vi La secretaria con James Spader. Él es un abogado neurótico que contrata de secretaria a una mujer que se cortaba las piernas. Cada vez que la mujer tenía una falta de ortografía, Spader la llamaba a la oficina, la ponía con las manos sobre el escritorio y le machacaba el culo a nalgadas. Estoy seguro de que si por lo menos una vez hubiera nalgueado virilmente a Julia, ella seguiría conmigo (un día la maldita me dijo "oríname en la cara"; me negué). Y pues no me abandonaba porque tenía amantes; nunca los llevó a la casa pero cotidianamente me decía "No llego a dormir, Moriarty". Ése era un motivo; el otro, menos contundente, siempre me sorprendió: desde que le platiqué que una vez le pegué a César Costa, Julia vivió enamorada de mí. Y así fue hasta que se marchó. Quizá sobre la confesión, pero Julia siempre tuvo buena ortografía.