martes, enero 20, 2004
Mis alumnas insisten en demostrarme que no son idiotas porque leen algún libro de vez en cuando (imparto clases en una universidad privada además de dar un taller para señoras bien). La última semana dos de ellas, cada una por su lado, me dijeron que estaban leyendo El código da Vinci de Dan Brown. Ambas se veían tan entusiamadas que vislumbré cierta perversión en sus palabras. Me estremecí y ya no pude comentarles que es el mayor bodrio que he tenido entre mis manos, incluso peor que la última novela de Carlos Fuentes. Quizás mi manera de abrir los ojos fue intepretada por ellas como un buen espaldarazo para su buen gusto, lo cual me quita un peso de encima. Ahora mismo deben estar cenando en un buen restaurante de Polanco o engañando a sus maridos con un semental de medio pelo. Nunca, sin embargo, me han propuesto inmoralidad alguna. Perras.