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lunes, febrero 02, 2004

Un día se la chupé a un sacerdote. Era el año de 1982 y me había detenido un comando que se identificó como la policía secreta mexicana. Yo tenía 19 años. Fui torturado: colillas de cigarro, choques eléctricos en los testículos, tehuacanazos. Me preguntaban por mi alias. Inventé uno: "Me dicen el Rorro". Fue entonces que trajeron al sacerdote; "arrepiéntete de tus faltas, hijo". Le dije que sí. Acto seguido torció la boca y en voz baja mencionó: "Yo puedo ayudarte a salir de aquí". Alcé la cabeza al tiempo que él se bajaba el pantalón. Se vino en mi boca. Se subió el cierre y todavía extasiado me dijo "Ahora, confiésate". Le hablé de algunos pecados; omití lo de la felación. Reza diez padresnuestros y estarás a salvo. Cuando salió le dijo a alguien, "Éste no es nuestro hombre: déjenlo ir".

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